8 may 2026
Leticia Mendoza habla del crimen que lo cambió todo en la UABJO
Leticia Mendoza habla del crimen que lo cambió todo en la UABJO
El 25 de septiembre de 1995, Nahúm Carreño Vásquez fue asesinado de múltiples disparos en la explanada de Ciudad Universitaria, sede de la rectoría de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO).
Leticia Mendoza Toro, su esposa, estaba en casa de sus padres, a punto de llevar a sus hijos a natación, sin imaginar que ese día su vida daría un giro total y que meses después de ese aciago acontecimiento se convertiría en la primera y hasta ahora única mujer en llegar a la Rectoría.
"Es un dolor que no se consuela", nos dice, en una conversación en la que habla de cómo vivió el crimen de su esposo y cómo fue ese período de cuatro años al frente de la universidad pública de Oaxaca, que actualmente vive un proceso electoral. Médica de formación, con especialidad en psicología médica y maestría en educación, recuerda que el día en que le anunciaron que sería postulada como candidata a la Rectoría fue su examen de maestría. Mendoza Toro no era una figura ajena al mundo universitario; de hecho participa activamente en la política interna y asegura que seguirá, pues aún cuenta con mucha energía. Fue la primera rectora de la UABJO, después dirigió el STAUO, y en todos estos espacios ha enfrentado la violencia en distintas formas, pero como nunca, la más atroz fue el crimen de su esposo, del que todavía no se sabe quiénes fueron. "Estaba en la tienda cuando sonó el teléfono y… pidió hablar con mi papá". ¿Mi papá?, ¿por qué no conmigo?, se preguntó. Solo escuchó que su padre dijo: "No puede ser" y le pidió que tuviera toda la entereza posible. Siempre he sido Lety, pero cuando la situación es grave, soy Leticia: "Leticia, debes sacar el carácter", me dijo, sin saber qué me esperaba cuando abordamos un taxi para dirigirnos a Ciudad Universitaria. Era otra época. Sin redes sociales, pero la noticia corrió rápidamente. "Yo vi sus zapatos y supe que era él." La siguiente es parte de la conversación: Usted fue la primera rectora, la única mujer hasta ahora que ha conducido la UABJO. ¿Qué pensó? ¿Cómo fue la decisión de postularse? — Sí. Me asombré, yo decía: ¿qué va a pasar? ¿Voy a poder? Eran tiempos de varones, eran más de varones, y entonces también había personas que querían el lugar del maestro Nahúm.
Llegar ahí es como que estorbas, cuántas cosas se podían presentar. Usted presenta su examen de maestría el 29 de abril de 1996. ¿La decisión fue ese mismo día? — El mismo día.
Llegaron sus compañeros. Yo estaba con mi mamá, Conchita. Ella me dijo: no sé qué pasa, veo gente que viene. Después me dijo, ahí viene Lucha, ahí viene tal, y empezó a llamar a dos, tres personas.
Entonces yo me asomé. Ellos ya habían caminado y me dijeron: vamos. ¿Vamos? ¿A qué? Ellas siempre habían sido cercanas en la carrera y me dijeron: te vamos a registrar. Ese año el Colegio Electoral se instaló en Bellas Artes. Y ahí me tienes, a la mera hora, descolgando mi título.
Tenía en una mica azul mis papeles, mi acta de nacimiento, la cédula profesional, cositas así, documentos que iban a pedir. Y ya, me registraron. Pero hubo un momento en que dijo: sí, acepto. — Pues la verdad, la verdad, casi casi me empujaron. Pero yo en mis adentros dije: por el buen recuerdo de Nahúm, es ahora.
Ese trabajo se quedó trunco. Conmigo se cerraba un ciclo. Ahora ese ciclo ya pasó. En ese entonces al mismo tiempo estaban las investigaciones con el asesinato del maestro. Yo recuerdo que cuando me avisaron del triunfo, fuimos caminando al Consejo Electoral, pero dimos una vuelta por la Plaza de la Danza y subimos las escalinatas. Cuando íbamos subiendo, una manta se cayó y todo el mundo se preguntaba qué estaba pasando. Yo solo sentí que me llevaron.
Trinidad Rodríguez Ballesteros, el comandante de esa época, me cubrió con sus brazos y me llevó dentro. Fue muy rápido. Entramos y estaba el rector Homero Pérez Cruz, el maestro Odavías, que en paz descanse, era el secretario. Y entonces me dijeron: es la toma de protesta. Asumí.
Pero mi primera actividad como rectora fue presidir el homenaje de cuerpo presente del abogado Rafael Gasga Iturribarría. Yo lloré. Me revivió aquel dolor. Estuve en la ceremonia, pero muy consternada. Habían pasado ocho meses. ¿Fue muy difícil como mujer? — Fue difícil, muy difícil. Ahorita que dicen de la misoginia, también es muy duro cuando las mujeres no te aceptan.
O cuando las mujeres te ponen límites, barreras. ¿Usted lo sintió así en ese momento? — Bastante. Bastante. Así como había gente que me apoyaba, mujeres, hubo algunas a las que no convencí de entrada. Pero poco a poco se fueron calmando. Ahora ya pasó. ¿Qué le cuestionaban? ¿Su capacidad? ¿O solo que una mujer fuera rectora? — No solamente se cuestionaba la capacidad, sino el tema de que es una mujer.
Algunas te minimizan o te etiquetan. Una de mis primeras experiencias como rectora fue en una reunión con damas. Se presentaron: la dama tal, esposa de; la otra dama tal, esposa de. Y así fueron cada una. Hasta que escuché a una que me dijo: Yo no te voy a decir lo mismo. Yo sí te quiero preguntar cómo es que llegaste a la Rectoría. Porque solo hay tres opciones: o te acostaste con el político de moda, o eres lesbiana, o te dieron un premio de consolación.
¿Y qué le contestó? — Sí le contesté. Con un poema de Sabines. Yo leo mucho, y en ese tiempo más. Le dije después del poema que no estaba de acuerdo con ninguna de las tres. No era mi caso. No me han gustado los políticos y todos los de moda eran sus esposos. Las preferencias, respeto las de cada quien. Y el tercero, sí dolió, porque si se refería a la muerte de mi esposo, eso no se consuela con nada. Con nada.
Eso fue duro. Y aunque la mujer se disculpó y dijo que lo había malinterpretado, yo sabía que esa opinión la tenían algunas personas. ¿Y con los varones? ¿Fueron más duros? — Fueron duros, pero hubo muchos más empáticos.
Como habían colaborado con el maestro Nahúm, me respetaban. Aunque hubo algunos que decían que eran leales al maestro y resultó que no. Hubo de todo. Pero usted tenía una trayectoria propia. Eran un matrimonio, pero cada uno hacía lo propio. ¿Sabía qué podía hacer? — Muchas veces sí sabía. Pero es diferente que te lo cuenten a que ya sea un hecho. Yo asumí la Rectoría un miércoles. El jueves y viernes no pasó nada. Pero el lunes amaneció tomada la universidad. Nos fuimos a Humanidades.
Y los trabajadores llegaron a donde estábamos, gritando que si no estaba en la Rectoría que me fuera para mi casa. Estuvo tomada como 15 días, pero no me fui. Lo abordamos, lo resolvimos. Son protestas cíclicas. ¿La universidad seguía funcionando aunque estuviera tomada la Rectoría? — Lo que se paró fue la cuestión administrativa de ese espacio, la antigua Rectoría. Porque la cuestión académica siguió.
La administrativa en lo que se pudo, hasta donde se podía en ese momento. Lo llevamos a Humanidades. Ya que se acabó, otra vez íbamos a la Rectoría. Yo seguía atendiendo la investigación del crimen. Y siempre me preguntaban: ¿de quién sospecha? De todos y de ninguno, decía yo. Ustedes hagan su trabajo. Pero un día me llamaron a la Fiscalía, estaba en San Antonio de la Cal, y fui. Había una protesta por una persona detenida. Yo sabía de las protestas, las estaba viviendo en la UABJO, pero ahí fue diferente.
Ver a todos y a nadie protestando, pasar en medio de eso. Horrible. Es todavía una pregunta sin respuesta, doctora. ¿Quién fue? — Yo creo que por que Dios es grande he soportado. He pasado de todo. De verdad. Esa vez me metieron en medio de los gritos, todo eso tenía que soportarlo. Si pudiéramos volver a ese momento, cuando le avisan lo que había pasado.
¿Dónde estaba usted? — Como usted sabe, mi mamá tenía una tienda. Yo estaba ahí cuando sonó el teléfono. Contestó mi mamá y la voz preguntó por mi papá. Me dijo: ¿quién sabe qué pasó? Era Gildardo Sosa. El licenciado Sosa me pidió hablar con tu papá, lo noto muy alterado, me dijo. Y escucho decir a mi padre: no puede ser, ¿en dónde está? En ese momento yo no tenía idea. Me dijo que fuéramos a Rectoría. Yo le dije que iba sola y me dijo: no.
Nos habíamos visto por la mañana. Teníamos clase de 7 a 10. Fuimos a desayunar y me dejó en la puerta de la casa de mis papás. Mis hijos iban a Acuarela. Y él me dijo: paso a Acuarela por ustedes. Y yo me iba a ir, pero eso pasó antes. Mis hijos ya no fueron a natación. Cuando mi papá me dijo vámonos, yo no tenía idea. ¿En qué momento supo lo que había pasado? — Hasta que lo vi. Porque mi papá no me dijo.
Cuando llegamos a CU, en el camino él me dijo: en la casa de usted, siempre soy Lety, pero cuando las cosas están fuertes, soy Leticia. Y me dijo: Leticia, es el momento de sacar el carácter. Y ya cuando llegamos, estaba la camioneta del STEUABJO. Me bajé del taxi. Mi papá salió atrás. Yo me eché a correr, adelante. Bajé las escalinatas y estaba una persona ahí que me dijo: no pase, no pase maestra.
Pero yo me pasé. Me adelanté, y le digo Nayo, yo le decía Nayo: ¿me escuchas? ¡Nayo, háblame! En eso llegó una pareja de la Cruz Roja, una dama que verificó su reflejo pupilar y me dijo: ya no. Está muerto. Se me doblaron las piernas, pero no perdí el conocimiento. Y de ahí, mi vida cambió más que 360 grados.
¿Qué edad tenían sus hijos? — Nahúm tenía 18 años, es el mayor. Angelito tenía 13 y Monse tenía 10. De Nahúm era su primer día en la Facultad de Derecho. Él supo y llegó, pero ya no lo encontró tirado. A Angelito y a Monse no se les dijo nada.
Cuando yo llegué de negro, ya estaba en Banuet. Monse me preguntaba: ¿y mi papá? Se fue de viaje y hasta ahorita no ha regresado. ¿Hasta cuándo lo supieron sus hijos menores? — Pues quizá lo intuían. Cuando yo llegué de negro y estuvieron en la Núñez Banuet. Lo más difícil fue decirle a mi suegra. Nahúm era hijo único. Ella nos alcanzó en el anfiteatro. Ya había pasado la autopsia y estaba en la caja.
¿Por qué no me esperaste?, me dijo. Y no lo aceptó. No puede ser. Se fue con ese dolor. Su suegra falleció en enero de este 2026 y después de 30 años, parece que pasó recién.
¿Qué le dicen sus hijos ahora? ¿Cómo asumen esa circunstancia? — Yo siento que quien más lo vivió fue Nahúm. Usted debe recordar que hubo marchas con el cadáver.
En un video, él va cargando el ataúd. Yo lo vi después. Nahúm, su papá, es una figura muy fuerte para nosotros en la casa. No hay día que no se mencione, que se le recuerde. Y lo que es la vida: mi hija Monse, su hijo, es igualito a él.
A mí me decían, se parece al maestro, y yo decía que no. Pero ahora que van pasando los años y va delineando sus rasgos, sí, sí se parece. Nahúm se llama también. ¿Y alguno de ellos ha seguido los pasos de su papá en la política universitaria? — Monse es la directora de la Preparatoria 6. Angelito da clases también y ahorita está en la Secretaría Administrativa. Nahúm, pues él va haciendo camino, no desde la Universidad. Gracias, doctora. Si alguien sabe que la violencia no es el camino, es usted. — No, no lo es. La violencia no es ni será el camino. Pero hay que sacar la cara.
Mi padre fue mi ancla. Recuerdo que él una vez me dijo: ¿no vas a ir a la Universidad? Eran 20 para las 6 y yo tenía una reunión a las seis. Y me dijo: si ellos no son puntuales, tú sí. Ese es el respeto. Y si llegas y no llegan, te esperas 10 minutos por educación y se reprograma. Y yo que siempre me precio de ser puntual, él me recordó ese valor.
Mi papá era paciente diabético. Cuando asumí la Rectoría no pudo estar, pero sabía que iba a pasar. Me esperó. Regresé a las seis de la mañana a casa de mis papás y estaba con los brazos abiertos. Un recuerdo muy bonito, pero muy triste. ¿Y usted está en paz? — Sí. Sí, estamos en paz. Nahúm tuvo un tío sacerdote. Perderlo fue para mí una cosa espantosa. No hay cómo explicar el dolor.
Un día ese tío me dijo que quería hablar conmigo y llegó a verme a Rectoría. Usted, me dijo, está actuando de una manera egoísta, porque usted se encierra en su pena.
¿Y no ve que a sus hijos también les duele? Que ellos también están en duelo. Usted debe ser la fuerte, el ejemplo, apoyarlos. No solo es su pérdida. ¿Y en qué momento saca esa fuerza? ¿Cuándo dijo: ya dejaré el dolor? — Nunca se acaba. Pero mi padre me llamó y me dijo: me contó un pajarito que donde quiera lloras.
Que te la pasas llorando aquí, allá. Y sí, yo lloraba por todo, con todo. Es momento, me dijo, de separar a la viuda que sufre de la autoridad universitaria. No quiero que nadie te vea llorando.
Enciérrate si es necesario, pero ni tus hijos te deben ver llorar. Y sobre todo, no quiero que ningún hombre te falte al respeto. Inspira todo, menos lástima. Fue muy duro, pero fue mi ancla. Ahí saqué la fuerza necesaria para seguir, con dolor, pero firme. Fueron palabras duras, pero aquí estoy.
Está y muy activa en la política universitaria. — Sí, por supuesto. Tengo mucha energía, mucho por delante. Aquí seguiré. Y ya no se volvió a casar, doctora. — No, no estuvo en mi interés. Ni entonces ni ahora. Pero además, esa es otra forma de violencia. Como estaba sola, me ponían con Juan de las Arañas.
Que si ya andaba con X, que si ya salía con Y. Nada de eso. Es violencia, es descalificación, y también es condenable. La violencia en cualquiera de sus formas, ninguna es aceptable. Esta es la primera de dos conversaciones con la doctora Leticia Mendoza Toro.

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